La estabilización macroeconómica lograda en los últimos meses tiene un costo cada vez más visible: la destrucción de empleo registrado. Según datos del Ministerio de Trabajo, en los primeros siete meses de 2026 el empleo formal privado cayó un 2,8% interanual, la peor performance desde la salida de la pandemia.

Este deterioro no es un daño colateral menor. Es la principal deuda pendiente del actual esquema económico y, si no se atiende, amenaza con erosionar el apoyo político necesario para sostener las reformas.

Por qué cae el empleo registrado

La explicación más directa es la contracción de la actividad. La recesión que acompañó el ajuste fiscal y la corrección de precios relativos golpeó con fuerza a sectores intensivos en mano de obra como la industria, la construcción y el comercio. Pero hay un segundo factor estructural: el elevado costo laboral no salarial.

En Argentina, el costo total de emplear a un trabajador formal representa casi el doble del salario neto que recibe. Las contribuciones patronales, las indemnizaciones por despido y las restricciones a la flexibilidad horaria convierten al empleo registrado en un lujo que muchas pymes ya no pueden pagarse.

"El problema no es que las empresas no quieran contratar, es que el marco regulatorio les hace perder plata con cada nuevo empleado", resume un informe reciente de la UIA.

Las tres reformas que no se pueden postergar

1. Reforma previsional

El sistema jubilatorio actual es insostenible y distorsiona el mercado de trabajo. La edad efectiva de jubilación ronda los 62 años para los hombres y 59 para las mujeres, muy por debajo de los estándares regionales. Además, la moratoria permanente actúa como un subsidio implícito al empleo informal.

Una reforma que eleve gradualmente la edad jubilatoria, elimine las moratorias y establezca incentivos claros para aportar durante más años no solo mejoraría las cuentas públicas: también reduciría la brecha entre el costo de contratar formalmente y el beneficio percibido por el trabajador.

2. Baja de impuestos al trabajo

Hoy un empleador paga aproximadamente 42% de contribuciones sobre el salario bruto. Reducir esa carga en al menos 10 puntos porcentuales para las primeras contrataciones o para pymes de menos de 50 empleados sería una de las medidas con mayor impacto inmediato sobre el empleo formal.

El costo fiscal de esta rebaja podría financiarse parcialmente con la reducción de evasión que generaría la mayor formalización. No es un gasto, es una inversión con retorno.

3. Acceso al crédito productivo

La industria y los servicios exportables necesitan financiamiento a tasas razonables y plazos que se ajusten a sus ciclos de inversión. Hoy el crédito al sector privado productivo sigue siendo escaso y caro, aun después de la baja de la inflación.

Un esquema que canalice parte de los depósitos bancarios hacia líneas de crédito subsidiadas para inversión en bienes de capital y exportaciones podría destrabar la reactivación sin volver a los vicios del pasado.

El riesgo de quedarse a mitad de camino

La experiencia de los últimos 15 años muestra que la estabilización sin crecimiento termina siendo efímera. Sin una segunda ola de reformas estructurales, la economía corre el riesgo de quedar trabada en un equilibrio de bajo crecimiento y alto empleo informal.

El empleo registrado no es solo un número en un gráfico. Es el principal mecanismo de inclusión social que tiene la Argentina. Cada punto que cae aumenta la presión sobre los programas sociales y reduce la base contributiva del sistema previsional, alimentando un círculo vicioso.

Qué puede hacer el Gobierno ahora

El Ejecutivo tiene margen político para avanzar en estas reformas durante los próximos meses. La baja de la inflación y la recomposición de reservas le dan un colchón que no existía a principios de año. El desafío es usar ese capital político antes de que el costo social del ajuste erosione el apoyo necesario para aprobar las leyes en el Congreso.

La alternativa —postergar las reformas estructurales para enfocarse solo en el equilibrio fiscal— puede dar resultado en el corto plazo, pero deja la economía desarmada para cuando llegue la inevitable necesidad de crecer. Y sin crecimiento no hay empleo de calidad.

La estabilización fue el primer capítulo necesario. Ahora empieza el capítulo más difícil: transformar esa estabilización en una plataforma de crecimiento inclusivo. El empleo registrado es el termómetro que dirá si estamos logrando ese objetivo o si, una vez más, nos quedamos a mitad de camino.